Tres pasos cada día

Tres pasos cada día

Para lograr lo que nos gustaría hacer, no es preciso llevar a cabo grandes acciones, sino pequeñas repetidamente a lo largo del tiempo.

Dos hermanos comparten la misma familia, genética, posibilidades y educación, entorno…, y, sin embargo, con el paso de los años, sus vidas se hacen cada vez más diferentes. Básicamente hay tres factores que influyen en esa divergencia: sus elecciones, sus acciones y sus relaciones.

Lo cierto es que no podemos “no elegir”. No tomar una decisión es, en realidad, tomar una: demorarla. Las decisiones mayores son aquellas que se toman conscientemente y suelen requerir a veces ayuda de terceros en forma de consejo, pero siempre necesitan tiempo de reflexión. Las menores son las que se deciden casi sin pensarlo y acaban creando un efecto compuesto. De las dos, son las pequeñas elecciones las que se acumulan día tras día y las que crean la diferencia.

Tomar decisiones sabias es más sencillo cuando se tienen claros cuáles son los valores prioritarios y adónde se va. Para no equivocarse conviene hacerse esta sencilla pregunta: ¿la dirección que voy a tomar concuerda con lo que me importa prioritariamente en la vida?

Para lograr lo que nos gustaría hacer, no es preciso llevar a cabo grandes acciones, sino pequeñas repetidamente a lo largo del tiempo. Conseguirlo es el efecto acumulado de hábitos insignificantes. Y el truco está en insistir en un comportamiento constructivo el tiempo suficiente como para que marque la diferencia a medio plazo. 

A menudo, para implementar una rutina, recurrimos a la fuerza de voluntad. Es un error. Estamos luchando con nosotros mismos, y, a la larga, abandonaremos, porque la lucha desgasta. ¿Cuál es la alternativa? La mo­­tivación. Establecer un hábito nuevo solo tiene futuro cuando concuerda con los valores principales de la persona. El poder de algo que nos estimula disuelve las luchas internas y proporciona combustible mental para pasar a la acción. Sin tener en cuenta en cualquier elección esos valores básicos, las personas caen víctimas de sus contradicciones internas y dejan de perseguir sus deseos y sus sueños.

Por suerte, todo lo que se aprende en la vida puede reaprenderse. Los hábitos no son una excepción a esta regla y se pueden cambiar. El mejor modo de terminar con uno negativo es empezar uno nuevo y positivo que lo sustituya, y que esté propulsado por la fuerza imbatible de la motivación.

Vivimos en una era de gratificación instantánea. Queremos conseguir lo que nos proponemos inmediatamente. Y cuando no lo logramos, nuestros sueños van bajando en la escala de valores, son demorados y, finalmente, abandonados. No hay una mejor estrategia para conseguir lo que se desea en la vida que crear hábitos constructivos que conduzcan a lograrlo, y después, delegar el trabajo en el poder de la costumbre, seguir el flujo del tiempo, y dejar de esforzarse una vez puesto en marcha el impulso de la inercia.

Casi siempre que se toma una decisión, las personas empiezan con mucha energía y empeño, pero, a la larga, acaban abandonando. Ese exceso inicial es en realidad contraproducente porque semejante nivel de energía no se puede mantener por mucho tiempo. Querer hacerlo todo cuanto antes es provocar el abandono. Es mejor iniciar la tarea o el plan con menos fuerza, pero mantenerlo en el tiempo hasta conseguir el objetivo; lograrlo es el resultado de dosificar las fuerzas, de mantener el ritmo, de la regularidad. 

Los arrebatos no conducen a nada; pero los planes sostenidos y la constancia conducen a todas partes.

 

Extracto de fuente: 

http://elpais.com/elpais/2013/10/18/eps/1382118764_024921.html

 

Publicado el:21/10/2013admin

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