Te quiero por ser quien eres

Es esencial aprender a amar al otro por sí mismo. Amar supone alegrarse de que el otro exista y, también, no querer cambiarlo según un patrón elegido por nosotros en función de nuestras necesidades o deseos.

Durante la etapa del enamoramiento solemos prendarnos de un ser inexistente convocado por nuestra imaginación, nuestra ilusión y nuestros sueños. Nos sentimos atraídos por lo que muestra y por lo que intuimos que contiene su interior, pero nos basamos en lo superficial que vemos o en lo que imaginamos que contiene. Sólo a medida que avanzamos en su conocimiento, el otro irá adquiriendo “su propio contorno” en lugar del que nosotros habíamos diseñado o esperado. Y es posible que llegue un momento en que la diferencia entre nuestra expectativa y su realidad nos cause decepción, desilusión y enojo. Si sucede así, podemos adoptar distintas estrategias: intentar cambiarlo presionándolo para que se adapte a lo que deseamos; resignarnos a lo que vemos –y quedar anclados en la decepción, ira o resentimiento-; o bien adentrarnos a investigar en el misterio del otro, manteniendo un marco de relación abierto y flexible en el que cada descubrimiento pueda ser incorporado y compartido.

La aceptación de la esencia del otro, unida al respeto a su libertad, crea el mejor clima para expresar lo que valoramos y también para poder tratar conjuntamente los puntos de mejora de ambos. En cambio, la crítica destructiva y el constante reproche provocan mucho dolor y fomentan la creación de mecanismos de defensa para protegernos del rechazo que percibimos.

Aceptar al otro no supone, en ningún caso, resignarnos a aguantar sus conductas o características más desadaptativas. Los conflictos deben ser abordados siempre. Pero una cosa es manifestar el rechazo a cierta conducta y otra muy distinta rechazar a la persona. Por ejemplo, no es lo mismo decir “Esta conducta ha sido muy poco generosa y te pido que…”, que manifestar “¡Eres un completo egoísta!”. Se trata de mirar a nuestra pareja más allá de la superficie, conectarnos con su ser más profundo, apreciarla y, a partir de ahí, ayudarnos a mejorar ambos. Se trata de poder afirmar: “Te quiero por ser quien eres”. “Te quiero porque puedo respetar tu deseo de mejorar como ser humano, tu capacidad de lucha y tu generosidad”. Se trata de que juntos podamos ser mejores de lo que seríamos individualmente de no ser un “equipo afectivo”.

Jaume Soler y M. Mercè Conangla

 

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