Soltar lastre

No lleves nunca a cuestas más de un tipo de problemas a la vez. Hay quienes cargan con tres: los que tuvieron, los que ahora tienen y los que esperan tener (Edward Everett Hale).

“Quien anda con suavidad llega lejos”, dice el proverbio chino. Y la idea que nos sugiere es que para andar cómodos por la vida es conveniente que no dejemos entrar demasiadas piedras en nuestros zapatos, que no vivamos como difícil o imposible el hecho de detenernos y librarnos de ellas, y que nuestro calzado sea fácil de quitar y poner.

Y es que a menudo, en el camino de nuestra existencia, se nos cuelan piedras en los zapatos cuya presencia es sumamente incómoda y dificultan la experiencia de una buena vida porque dañan el calzado y el calcetín existencial, y pueden llegar a lesionar gravemente nuestra piel anímica. Lo razonable, una vez se nos ha colado la piedrecilla, es detenerse y liberarnos de ella. Pero aunque resulte paradójico, a veces preferimos encajarla entre los dedos o hacerle un rincón en algún lugar del zapato antes de detenernos, sentarnos o apoyarnos en la pared para descalzarnos y volver a dejar a nuestra molesta inquilina en el camino del cual procede.

Los motivos de preferir llevar la china con nosotros pueden tener que ver con la inercia, con la prisa, la vergüenza: “¿qué dirá la gente si ahora me pongo aquí en medio a descalzarme?”; o la pereza: “total, dentro de un rato llego a casa y me la quito”. Así, la pequeña tortura puede llegar a convertirse en una ocupante que nos acompañe un buen trecho hasta quién sabe dónde.

Pero llegados a este punto y una vez hemos decidido que la piedra se quede con nosotros, la relación de amor-odio puede dar mucho de sí. Por ejemplo, podemos optar por responder a aquel que nos pregunte la causa de nuestras muecas o extraños andares, que tenemos una piedra incomodísima en el zapato desde hace un buen rato y que es francamente dolorosa, pero que no hemos encontrado aún la manera, el momento, ni el lugar, de quitárnosla de encima. Quizás si nos interpelan y nos preguntan por qué no nos libramos de ella de una vez y en un simple gesto, argumentaremos que en el fondo no hay para tanto, que “¿a quién no se le cuela alguna vez una piedra en el zapato?”, o que al fin y al cabo no sólo te acabas acostumbrado al dolor, sino que, mira por dónde, éste incluso te da un cierto placer y le acabas cogiendo cariño a la china. En cualquier caso, la cantidad de argumentos esgrimibles es ilimitada y depende de la imaginación del propietario del zapato ocupado.

Esta metáfora se nos antoja sumamente apropiada para reflexionar sobre aquello que a veces llevamos a cuestas y que nos complica un tránsito liviano, amable y en paz por la existencia.

Álex Rovira. La buena vida

 

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