Ser padres es la catástrofe al completo

Ser padres es la catástrofe al completo

Cuando nos convertimos en padres, ya sea intencionadamente o por accidente, nuestra vida entera cambia de forma inmediata. Aunque puede que tardemos un poco en darnos cuenta de hasta qué punto.

Ser padres multiplica el nivel de estrés en muchos ámbitos. Nos hace vulnerables como no lo habíamos sido hasta ahora. Nos exige que seamos responsables en facetas en las que no lo habíamos sido antes. Nos desafía y nos roba el tiempo y la atención que normalmente dedicamos a otras cosas, incluido a nosotros mismos, como nada lo había hecho con anterioridad. Ser padres crea caos y desorden, provoca sentimientos de incompetencia, ocasiones para discutir, pelear e irritarnos, supone ruido e interminables obligaciones y recados. Y también nos procura frecuentes oportunidades para atascarnos, enfadarnos, resentirnos y ofendernos, y para sentirnos abrumados, viejos, poco importantes, furiosos, resentidos y dolidos. Y esto puede producirse no solo mientras nuestros hijos son pequeños, sino incluso siendo ya mayores, después de haberse independizado. Tener hijos es buscarse problemas.

Así que, ¿por qué hacerlo?

Puede que Pete Seeger sea quien mejor lo haya expresado: “Lo hacemos por el estupendo salario… los besos.” Los niños nos dan la oportunidad de disfrutar de la misma fuerza de la vida como nunca podríamos hacerlo nosotros solos. Nuestro trabajo como padres, especialmente cuando los niños son pequeños, es estar a su disposición y alimentarles y protegerles lo mejor posible para que se sientan libres de experimentar la inocencia y la genialidad propias de la infancia. Para ello, debemos proporcionarles toda la orientación de nuestro corazón y de nuestra propia sabiduría, hasta que aprendan a encontrar y a definir su propio camino.

Los niños encarnan lo mejor de la vida. Viven en el instante y son parte del exquisito fruto del momento presente. Son potencialidad pura; encarnan la vitalidad, el nacimiento, la renovación y la esperanza. Son lo que son en toda su pureza. Comparten su naturaleza vital con nosotros, y también nos la inspiran si somos capaces de escuchar su llamada con atención.

Una vez que tenemos hijos entramos en contacto con el universo de una forma totalmente nueva. Nuestra consciencia cambia y le da un giro a nuestra manera de ver las cosas. Puede que nos sintamos conectados a la esperanza y el dolor de los demás como no lo habíamos experimentado hasta ahora. La esfera de nuestra compasión tiende a ampliarse. La preocupación por nuestros hijos y por su bienestar puede hacernos adoptar una nueva perspectiva respecto a la pobreza, el medio ambiente, la guerra y el futuro.

Y en cuanto a los problemas, recordemos a Zorba, el viejo y malhumorado personaje de la novela de Kazantzakis “Zorba el Griego”: cuando le preguntaron si había estado casado alguna vez, contestó “¿Acaso no soy un hombre? Por supuesto que he estado casado. Esposa, casa, hijos, la catástrofe al completo.” Y también dijo: “¿Problemas? La vida entera es un problema. Solo la muerte no lo es”.

En el fondo, somos nosotros los que tomamos nuestras propias decisiones, plenamente conscientes o no, y los que vivimos sus consecuencias. A pesar de ello, nunca sabemos lo que nos va a venir después. La incertidumbre es un gran aspecto inseparable de la catástrofe al completo. La cuestión es, ¿podemos aprender a aprovechar las circunstancias de la vida, incluso las más exigentes y estresantes, para aumentar nuestra sabiduría y el grado de apertura de nuestro corazón, con la misma habilidad con la que un marinero manejaría todo tipo de vientos para hacer que su velero llegue a un destino concreto? Porque es absolutamente necesario que sigamos creciendo, si a largo plazo queremos ser unos padres de verdad para nuestros hijos y ayudarles a crecer a su manera y a su propio ritmo.

 

Jon y Myla Kabat-Zinn

Publicado el:28/12/2013admin

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