Paciente y perseverante: proactivo y no reactivo

Hay una gran imposibilidad para asumir que madurar significa planificar, plantearse objetivos y poner los medios para conseguirlos poco a poco.

Se está inmerso en una sociedad “adolescente” en la que se evita el compromiso y el sacrificio (todo tiene que ser fácil de conseguir), en la que se potencia el “victimismo” (si todos son víctimas no se les puede exigir ninguna responsabilidad), y en la que no hay cabida para lo proyectos a medio o largo plazo (todo tiene que estar al instante). Frente a esta cultura de irresponsabilidad y de falta de proyecto, el ejemplo de la tortuga nos puede recordar la importancia de la valoración de lo esencial y, en consecuencia, paso a paso, a su ritmo y tiempo, con perseverancia dirigirse hacia el objetivo anhelado.

El término paciencia procede etimológicamente del latín “patientia”, “pacere”, que significaba “apacentar” o “apaciguar”. En el Diccionario de la Lengua Española se presentan varias definiciones entre las que destacamos las siguientes: la capacidad de soportar o padecer algo sin alterarse; la capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas y la lentitud para hacer algo. Los diferentes significados insisten en la idea de “aguante” y “constancia” que podíamos resaltar hoy en día frente a la impaciencia y urgencia que caracteriza a la actual cultura de la prisa. La impaciencia crea urgencias que se convierten en dictaduras innecesarias y provocan tensión y agobio.

La virtud de la paciencia posibilita que la persona tome las riendas de su vida, que se planifique y actúe de manera constante. Durante años impera la dictadura del reloj. Hay que organizar y administrar el tiempo con el objetivo de aprovecharlo al máximo. Lo fundamental no es la administración del tiempo sino su dominio. La gestión o administración del tiempo tiene como objetivo “ganar una horita diaria” o “hacer más cosas en la misma jornada”. Dominar el tiempo significa disponer de él para vivir mejor y no sólo para ganar tiempo. Ser dueño del tiempo conlleva planificar y actuar en consecuencia.

Ya desde la tradición clásica se entendía que no era paciente quien se resignaba pasivamente al azar, sino quien ante la presencia de dificultades por alcanzar la meta deseada, no se dejaba arrastrar por un desordenado estado de tristeza que le impidiese ponerse en marcha. A través de la paciencia, la persona se “posee” a sí misma y proyecta su vida.

Fuente: La sabiduría de la tortuga. Sin prisa pero sin pausa. José Luis Trechera

Publicado el:18/10/2010admin

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