Saber afrontar las críticas

¿Es posible usar las críticas de forma constructiva? 
La respuesta es sí, siempre que no las empleemos para reafirmarnos a costa de los demás o nos cerremos a la información que nos ofrecen sobre nosotros mismos.

El principio más profundo de la naturaleza humana es el anhelo a ser apreciado. Esta frase de William James recuerda que todos, cada cual a su manera, buscamos ser valorados en nuestras relaciones por lo que somos o por lo que hacemos. En la misma medida en que se necesita la aprobación de los demás se teme a las críticas, pues cuanto mayor es esta necesidad mayor es también el pavor que suscita ser blanco de una acusación. Aquellos con quienes nos relacionamos, sin embargo, nos ofrecen con sus opiniones un espejo que no siempre resulta fácil de mirar. En él sopesamos nuestra valía personal y de su reflejo depende en gran parte cómo nos sentimos.
Los elogios alimentan la estima de la persona, estimulándola a seguir mejorando la cualidad que ha sido reconocida, pero las críticas no tienen un efecto tan claro. Tanto pueden sabotear la evolución de cierto aspecto de la persona como ser una buena enseñanza.

CÓMO ENCAJARLAS

Que la queja sea un impulso o un freno depende de los dos individuos implicados: el que emite un juicio y el que es enjuiciado. Las críticas formuladas con comprensión y respeto son las que más tienden a despertar en la persona una aspiración hacia el cambio que se pretende. Por otra parte, si el comentario se recibe con apertura, sin estar a la defensiva y con ganas de aprender, es cuando puede aportar mayor profundidad y sinceridad a las relaciones.
Casi siempre es preferible expresar con tacto lo que nos desagrada en lugar de callarlo dejando que el resentimiento crezca por dentro. Pero para que haya entendimiento es preciso aprender tanto a expresar como a recibir críticas.

BARRERAS EN LAS RELACIÓN

Seguramente las críticas siempre han estado presentes en las relaciones humanas, forman parte del «tira y afloja» que caracteriza todo vínculo. Cuanto más cercanos estamos emocionalmente a otra persona más difícil es la relación, pues aumenta la probabilidad de que encontremos aspectos que nos desagraden de ella. Y a la inversa: la proximidad hace que sean más patentes los defectos que queremos esconder pero de los que nadie se salva. Cuando incide sobre nosotros un dedo acusador podemos sentir como si se destaparan nuestros peores trapos. Uno se puede sentir descubierto, vulnerable, injustamente tratado… Muy a menudo la respuesta, si el tipo de relación lo permite, es defenderse a través del contrataque. En otras ocasiones no se produce esta contestación y la persona acata lo que se le dice, pero interiormente puede sentirse gravemente desmoralizada y resentida.
Las críticas pocas veces consiguen el cambio que pretenden causar. Con frecuencia surten el efecto contrario y se incrementa aún más la conducta desaprobada. La razón se debe a que la persona interiormente se niega a dar lo que se le pide mediante la crítica, pues siente herido su orgullo y cerrarse es una forma de expresar su rencor.

UN POTENCIAL DE MEJORA

La crítica es una señora con mala fama. Posiblemente porque estamos más acostumbrados a su faceta denigrante que a su aspecto más enriquecedor. Demasiadas veces los comentarios críticos se utilizan para rebajar el valor de los otros, con el fin encubierto de reafirmarse a uno mismo como superior o mejor. A menudo los usamos para ganar seguridad o consolidar nuestras opiniones ensalzando, por ejemplo, al que piensa como nosotros y rebatiendo a quien nos contradice.
Se recalca que no deberíamos enjuiciar ni criticar a los demás. Sin embargo esto, además de ser poco probable, niega el aspecto positivo que tiene la capacidad crítica. Sin esa capacidad de ver el lado menos favorable de las cosas nos privaríamos de la tensión que posibilita emprender cualquier mejora.

QUÉ ENCUBREN LAS CRÍTICAS

Para que las pequeños roces que acontecen en las relaciones no acaben formando una gran bola de nieve es preferible aprender a verbalizar con delicadeza lo que nos irrita. Al hacerlo debemos recordar cómo nos sentiríamos nosotros si fuéramos amonestados y cómo podemos decir lo que queremos sin herir al otro. Para eso es preciso tener presente las principales trampas que conllevan las críticas:

La manipulación: A menudo el reproche encubre una exigencia no reconocida. Es como si se dijera: «tú deberías…», y la persona se puede ver coaccionada a actuar como se le exige por miedo, vergüenza o por sentirse culpable. Sin embargo el resentimiento que esto genera a la larga pasa factura. La exigencia comporta desconfianza, mientras que reconocer con respeto la autonomía de otra persona proporciona seguridad y confianza a ambos. 
Antes de intentar cambiar a otros uno debería plantearse que es mucho más provechoso ver qué puede corregir en uno mismo.
 Las quejas suelen expresar una necesidad insatisfecha. Si en vez de quejarse con un «tú no me escuchas», hablamos de nuestra necesidad de ser atendidos, seguramente obtendremos una respuesta más comprensiva. Es muy importante tomar conciencia de la necesidad o carencia propia de que nos avisa cada crítica que sale de nuestra boca.

La proyección: A cada persona hay ciertas cosas que le enojan particularmente cuando las percibe en los demás. Las crítica como rasgo desdeñable y se enorgullece de ser diferente. Sin embargo, aquello que tanto se critica en los otros suelen ser aspectos de uno mismo que son rechazados y que, por lo tanto, no se quieren ver como parte de uno.
 Para reconocer cuándo la proyección está distorsionando nuestra visión de las cosas podemos fijarnos en las respuestas emocionales, compulsivas y desproporcionadas que tenemos. Lo que nos molesta lo podemos hallar fuera, en los demás, pero si nos encrispa es precisamente porque también forma parte de nosotros. Si pensamos en la persona que más nos disgusta y analizamos por qué, podremos sopesar si los rasgos que detestamos están presentes en nosotros de forma encubierta.

Trasladar la ira y la frustración: A menudo en situaciones estresantes o caóticas se estalla dirigiendo toda la rabia hacia las otras personas. Lo que se puede hacer en tal caso es ser consciente de esa tensión que necesita descargarse y hacerlo sin dañar a otros. Contraer músculos o hacer un ejercicio físico intenso, por ejemplo, puede ayudar. Si la explosión ya se ha producido, una disculpa y explicar por qué hemos actuado así ayudará a apaciguar los ánimos o a redimir la ofensa a la otra persona.

DEL JUICIO A LA COMPRENSIÓN

Tendemos a juzgar antes que intentar comprender verdaderamente al otro, y ésta es una de las mayores barreras con las que topamos en la comunicación con los demás. Una reacción casi automática cuando alguien expresa un sentimiento o creencia es pensar: «tiene razón», o bien: «se equivoca». Son pocas las veces que nos permitimos comprender el sentido que ofrecen realmente esas palabras para la otra persona, desde su punto de vista y no desde el nuestro.
En todo juicio suele existir una comparación. Cuando en la conversación simplemente se comparan las opiniones de otra persona con las propias no se están verdaderamente compartiendo ideas, sino que el diálogo se puede transformar fácilmente en una lucha de opiniones. Escuchar realmente a otra persona resulta arriesgado, pues eso significa dejarse influir, abandonar la seguridad de nuestro punto de vista. Entonces, posiblemente, descubramos que la verdad tiene muchas caras y que normalmente nos aferramos a la única que vemos.
Para ir más allá en la comprensión es preciso ponerse en la piel de la otra persona. Si criticamos o se nos acusa de algo podemos intentar imaginarnos cómo nos sentiríamos si estuviéramos en el lugar del otro. Éste es uno de los mejores caminos para ganar en tolerancia y en amistad, pues en realidad todos estamos deseando encontrarnos con alguien que quiera comprendernos. Al conversar, después de escuchar atentamente lo que se nos dice, podemos resumir lo que hemos entendido. Cuando se advierte que hay un esfuerzo por parte de la otra persona por comprender las afirmaciones dejan de ser tan exageradas y defensivas. Entonces puede darse un acercamiento que parte de la empatía y de las ganas de compartir.

SUPERAR EL MIEDO A LAS CRÍTICAS

Cuando a la persona le falta la confianza necesaria para encarar las críticas puede sentirse paralizada por su temor. Quizá no se atreva a hacer o decir ciertas cosas que crea comprometedoras, prefiriendo mantener una actitud acorde con lo que se espera o requiere de ella. Esta actitud aporta sólo una seguridad momentánea pues a la larga fomenta la indecisión y el rencor al tener que rebajarse o acallar lo que siente.
La única forma de vencer este temor como sucede con todos los miedos, es enfrentarse a él realizando justo lo que tanto se teme. La solución está en arriesgarse, en decir lo que se ha callado, en hacer lo que se prefiere postergar. Una vez se ha dado el primer paso y la persona siente que se puede afirmar en su sitio sin ser avasallada, irá recuperando su propia confianza.
Quienes dan más peso a la opinión de los demás que a la propia a menudo no reconocen su propio poder, entregándolo de alguna forma a otros. Fácilmente caen entonces en relaciones donde son manipulados a través de las críticas. Lo que necesitan estas personas es, por una parte, aprender a reconocer su propio valor y, por otra, aprender a decir no y a no seguir el juego de las culpabilizaciones donde siempre llevan la peor parte. De alguna forma les sería útil darse cuenta de que:

• No siempre se puede caer bien a todo el mundo.

• Uno tiene el derecho de hacer valer sus opiniones, necesidades y preferencias.

• En ocasiones es conveniente pensar más en uno mismo sin calcular ni temer tanto la reacción de los demás.

• No hay nada malo en expresar a veces el enfado.

• Reconocer pero también perdonarse las equivocaciones es un paso indispensable y legítimo para corregirlas.

APRENDER A ACEPTAR Y VALORAR LAS CRÍTICAS

Estamos más acostumbrados a juzgar y tratar de cambiar a los demás que a nosotros. Asimismo, escuchar críticas requiere humildad, pues es muy fácil reaccionar defensivamente a la desaprobación pero muy difícil reconocer verdades sobre uno mismo.
En la distancia se perciben con mayor claridad los problemas. Por esta razón a menudo los demás pueden captar aspectos de nuestro carácter que a nosotros nos resultan más complicados de ver. Compartir esa visión recíproca puede ser sumamente útil y aportar una base sincera para el crecimiento mutuo. Mas para que eso sea posible es crucial que exista cierta igualdad de condiciones a la hora de manifestar las opiniones. Si se hace una crítica y se espera que sea bien escuchada, también se tiene que estar preparado para atender una observación de la otra persona.
Para realizar este intercambio de pareceres es preferible esperar el momento en que exista una disposición receptiva por parte de ambas personas. La crítica que nace y se recibe desde la comprensión y la aceptación de los defectos propios y ajenos es la que mayor ayuda podrá brindar. Todos tenemos fallos, y hay que pensar que detrás de cada defecto se esconde una virtud. Admitir y reconocer los propios errores es lo puede permitir sacar mayor brillo a las cualidades que poseemos.
Cuando nuestra apreciación es más interna y no pendemos tanto del hilo de la valoración de los demás, podemos escuchar sin tanto temor lo que molesta de nosotros. Es necesario equilibrar nuestra visión, ver tanto lo bueno como lo malo y utilizar este conocimiento a favor nuestro y de las personas con las que nos relacionamos.

Cristina Llagostera

 

Publicado el:29/07/2010admin

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