Respeto de los tiempos

Cuantas veces la vida nos ha ofrecido oportunidades para realizar cambios importantes  y no estuvimos lo suficientemente avispados para darnos cuenta. Es sencillo, al mirar hacia atrás, darse cuenta de las oportunidades perdidas: “Si hubiera dicho…”, “Si hubiera hecho…”. Sin embargo resulta inútil lamentarse. Nadie tiene la capacidad de desandar el tiempo y cambiar las consecuencias de las elecciones o decisiones tomadas. Lo único que podemos hacer es aprender de nuestras experiencias, de nuestras vivencias. De las buenas por supuesto, y de las malas, doblemente, al fin y al cabo pagamos un precio mayor por esos aprendizajes.

Pero sucede que a menudo los aprendizajes que realizamos deben llegar en el momento oportuno. En multitud de ocasiones he compartido reflexiones y clases con alumnos que no estaban preparados para escucharlas, para aprovecharlas. Sencillamente no estaban maduros, no estaban predispuestos, no sentían la necesidad o no tenían motivos para estar receptivos. Aquello no iba con ellos y, las palabras, los gestos y las intenciones caían en cesto vacío. A menudo esto es descorazonador para el maestro, que es consciente de lo infructuoso de su esfuerzo, de las peligrosas consecuencias que determinadas actitudes tendrán en el futuro cercano de sus alumnos. Pero ocurre que el aprendizaje, el verdadero, el que genera cambios duraderos, tan solo nace de la necesidad del estudiante por aprender, de su esfuerzo y de su implicación. Aprender es un trabajo que no se puede delegar, es un verbo que solamente se conjuga en primera persona.

A veces los maestros (también los padres) olvidamos esto, y nos obcecamos en remar contracorriente. Intentamos imponer, obligar, forzar el ritmo. Dejamos de escuchar y adoptamos la postura del “hermano mayor” que sabe, mejor que nadie, lo que conviene. Pero entonces, lo único que conseguimos es aumentar la resistencia y encizañar las relaciones. Cada alumno (cada hijo) es diferente, cada cual tiene sus intereses, motivaciones, expectativas y necesidades. Cada cual tiene su ritmo y sus tiempos. Mientras no sienta la necesidad, mientras no tenga claros sus “porqués” y sus “paraqués” poca cosa conseguiremos a través de la imposición y la fuerza del manido “es por tu bien”.

Es por esto, que lo más importante no es cuántas oportunidades nos ofrezca la vida, sino que estas oportunidades nos lleguen en el momento justo. Y esto no es cuestión de lo afortunados que seamos, o de lo generoso que se muestre el destino con nosotros, sino que depende más de lo atentos y receptivos que estemos. Por esto, lo único que como maestros (y padres) podemos hacer es escucharles y ayudarles a ser conscientes de sus necesidades y, en todo caso, crear las condiciones propicias para que ellos encuentren su camino. Pero siempre respetando su ritmo y su esfuerzo.

Como decía Santos Guerra en uno de sus cuentos “yo no puedo crecer por ti”, pero es que además (esto lo añado yo) tampoco puedo “ayudarte” a crecer. Un cuento (chino) explica esto último…

A un hombre del reino de Song le pareció que los vástagos de sus campos no crecían bastante deprisa. En vista de ello, dio a todos y a cada uno un estirón. Tras lo cual se fue a casa a descansar casi exhausto.

-Hoy estoy muy cansado- dijo a su familia-. He estado ayudando a los brotes a crecer.

Su hijo, temeroso, salió corriendo hasta el campo y encontró todas sus plantas muertas.

Casi todos querrían ayudar a los vástagos en su crecimiento; pero algunos consideran todo esfuerzo inútil y no lo intentan, ni siquiera desbrozando el campo; otros tratan de ayudarles dándoles un estirón. Esto último, por supuesto, es peor que inútil.

 

Fuente: La mariposa y el elefante

 

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