Detrás de los empecinamientos se econden grandes inseguridades

Todos queremos defender nuestras teorías como si fueran las más ciertas. Nuestro convencimiento sobre las cosas y las personas es tal que sin darnos cuenta desacreditamos el convencimiento de los otros.

Reconozco que yo he sido un gran testarudo y por ello habré desesperado a más de una persona. Ello me ha hecho descubrir que detrás de los empecinamientos se esconden grandes inseguridades. A más testarudez, más inseguridad. Al mantener en pie de guerra nuestra razón estamos haciendo un acto de afirmación identitaria. Cuanto más defiendo mi razón más exalto mi identidad. ¿Qué necesidad hay de ello? Si estamos convencidos de nuestras ideas, de nuestros valores y de nuestros sentimientos, ¿para qué defenderlos tanto? ¿Tal vez porque no estamos seguros de ellos? ¿Acaso no puedo aceptar que los demás vean las cosas diferentes de cómo yo las veo? ¿Acaso si me quedo sin razón, me quedo sin nada?

A veces uno puede disponer de un punto de vista, de una información o de un nivel de experiencia diferente al del interlocutor. Uno tiene, pues, sus propias razones. ¿Cómo hacer para que el otro también las vea? Y en todo caso, aunque no las vea, ¿cómo integrar sus razones?

Hay que tener en cuenta que “razonar” es un mecanismo intelectual, óptimo para planificar, organizar, hacer uso de la lógica, contar, etc. Pero en las cuestiones de la vida no valen tanto las razones como los sentimientos. Vivimos la vida, ¡no la pensamos! Por ello es una trampa quedarse instalado en la razón.

Así, podemos ganar todas las discusiones, pero perder nuestras amistades; podemos conseguir que nos acaben dando la razón, pero no el amor.

Xavier Guix

 

Publicado el:28/03/2010admin

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