Querer tener razón

Menuda pesadez andar por la vida queriendo tener razón. El Dr. Demartini dice en uno de sus libros: “No estamos aquí para tener razón, sino para amar”. Todos queremos defender nuestros mapas como si fueran los del tesoro. Nuestro convencimiento sobre las cosas y las personas es tal que sin darnos cuenta desacreditamos el convencimiento de los demás.

Reconozco que yo he sido un gran testarudo y por ello habré desesperado a más de una persona. Ello me ha hecho descubrir que detrás de los empecinamientos se esconden grandes inseguridades. A más testarudez, más inseguridad. Al mantener en pie de guerra nuestra razón estamos haciendo un acto de afirmación identitaria. ¿Qué necesidad hay de ello? Si estamos convencidos de nuestras ideas, de nuestros valores y de nuestros sentimientos, ¿para qué defenderlos tanto? ¿Tal vez porque no estamos seguros de ellos? ¿Acaso no puedo aceptar que los demás vean las cosas diferentes de cómo yo las veo? ¿Acaso si me quedo sin razón, me quedo sin nada?

Es cierto que a veces podemos disponer de un punto de vista, de una información o de un nivel de experiencia diferente al de nuestro interlocutor. Tenemos, pues, nuestras razones. Pero, ¿cómo hacer para que el otro también las vea? Y en todo caso, aunque no las vea, ¿cómo integrar nuestras razones? Tengamos en cuenta que “razonar” es un mecanismo intelectual, óptimo para planificar, organizar, hacer uso de la lógica, contar, etc. Pero en las cuestiones de la vida no valen tanto las razones como los sentimientos. Vivimos la vida, ¡no la pensamos! Por ello es una trampa quedarse instalado en la razón.

Podemos ganar todas las discusiones, pero perder amistades por ello; podemos conseguir que nos acaben dando la razón, pero no que nos quieran.

Xavier Guix

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