Los prisioneros de la caverna

Érase una vez un grupo de hombres y mujeres que habían sido desterrados al fondo de una caverna y sometidos a un potente narcótico para olvidar la existencia de las realidades exteriores a la gruta. Se les había sentado en un asiento confortable para que contemplaran un juego de sombras sobre la pared del fondo. A sus espaldas, hábiles titiriteros agitaban sus figurillas ante una hoguera, ejecutando todo tipo de escenas que se proyectaban sobre la pared. Los prisioneros estaban tan cautivados por las peripecias de las sombras que danzaban ante ellos que no necesitaban ya medicamentos para estar tranquilos. Además, muchos se identificaban totalmente con uno de los espectros y pasaban su vida llorando por sus desgracias y alegrándose de sus éxitos. Un detenido llamado Sócrates logró, sin embargo, liberarse del espectáculo; después, de sus cadenas; y salió de las entrañas de la roca para aspirar la pureza del aire. Se dio entonces cuenta de las maravillas del mundo exterior, mucho más consistentes que las fantasmagorías de la caverna. Vio el color del cielo y de las flores. Escuchó el canto de los pájaros. Pero no queriendo guardarse todo esto para él solo, regresó lleno de entusiasmo al abismo oscuro, a fin de liberar también a sus compañeros. Pero ante su gran sorpresa, estos rechazaron creerle y le participaron la felicidad de su condición. Sócrates insistió y provocó la cólera de los titiriteros, deseosos de conservar su poder. Fue condenado a muerte por ser un peligroso iluminado. El espectáculo continúa…

Platón, La República, libro VII

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