La soledad en compañía

Hablamos de la soledad-desconexión, esta soledad producto del alejamiento de nosotros mismos y, como consecuencia, del distanciamiento de las personas que nos rodean.

La conciencia de su vulnerabilidad les hace sentir miedo a mostrar sus debilidades y les mueve a colocarse una máscara de fortaleza o de distancia para protegerse. Quizá por este motivo, expresan a su pareja tan sólo una parte de lo que sienten y le esconden su realidad más profunda. Tal vez se muestran seguros o fuertes –como no son- en su intento de ser más amados. Pero el otro actúa en consecuencia: es fuerte, no me necesita. Es autosuficiente. No puede dar, aunque quisiera, lo que no le ha sido pedido o no ha sabido captar.

La soledad puede ser también el precio de elegir una pareja egoísta o narcisista que sólo vive para sí misma y no es sensible a los demás. Su falta de empatía le incapacitará para dar una respuesta adecuada a las demandas que se le hacen.

En ocasiones podemos sentirnos solos porque el nivel de calidad de la comunicación que se ha establecido es bajo. Debido a la incompetencia emocional y comunicativa, hay personas que evitan compartir sentimientos, no tanto porque no quieran, sino porque no han aprendido a expresarlos y se sienten incómodos haciéndolo.

El precio de todas estas situaciones suele ser la soledad en compañía. El sentido de la pareja no es salvarnos sino encontrarnos, pero el encuentro no es fácil y el alejamiento y la desconexión emocional nos hace sufrir. Nada hay peor que el vacío de la soledad cuando estamos con alguien que hemos elegido amar, que tenemos físicamente cerca y tan lejano emocionalmente.

¿Por qué nos exponemos libremente a esta tortura? ¿Qué extraño mecanismo nos mantiene atados a un entorno relacional frío e insensible?

Las personas suelen querer cambiar de dependencia pero, raramente, desean independizarse porque el precio de la independencia es lidiar con la propia soledad, con la compañía de uno mismo y el encuentro con ese ser interior, a veces tan olvidado. Y esta posibilidad nos da tanto miedo que frenamos nuestro impulso a buscar relaciones de mayor calidad prefiriendo quedarnos con “la compañía” y nada más. Pero no hay peor soledad que ésta. La sabiduría popular tiene un buen refrán que hacemos nuestro: mejor solos que mala acompañados. La compañía no debe ser el único motivo para formar pareja. Una mascota también nos puede acompañar.

Soler y Conangla. Juntos pero no atados

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