La gestión del tiempo y los objetivos en la vida

La presión temporal es una de las causas frecuentes de estrés. Vivimos en un mundo donde la velocidad dicta las normas. A medida que nuestra sociedad se vuelve más rica, la abundancia de bienes materiales se combina con la escasez de tiempo para disfrutarlos. Las jornadas laborales se amplían, los desplazamientos se alargan y cada vez tenemos menos tiempo libre. Incluso los gobiernos están preocupados por la conciliación de la vida laboral y la vida familiar en este conflicto por el uso del tiempo. ¿Cómo es que el progreso nos ha llevado a esta situación?

A primera vista parece que estos problemas del tiempo son un asunto del reloj, pero a mí me gusta enfocarlos como un problema de brújula. Escribió Mark Twain una frase que se puede traducir como: “A medida que perdemos de vista los objetivos, redoblamos los esfuerzos”. Si no tengo claro adónde quiero llegar, avanzar siempre me costará más trabajo. Hay tantas cosas que uno quiere tener, en esta sociedad de la abundancia, que nunca habrá tiempo suficiente para conseguirlas todas. Por eso, en vez de intentar abarcar más de lo que podemos obtener y estresarnos en el intento, podemos revisar las estrategias personales y enfocarlo desde otro punto de vista: ¿qué es lo que de verdad importa?

Cuando hay más tareas previstas que tiempo disponible para realizarlas, se impone establecer prioridades. Esto es duro, pues hay que decir que no a algunos objetivos para conseguir otros. Una metáfora sencilla para abordar esta cuestión es el ejercicio conocido como “el bote de pepinillos”. Si quiero meter pepinillos de distintos tamaños en un bote de vidrio, para su conservación en vinagreta, debo empezar por los más valiosos, que son los grandes, colocarlos bien y luego ir cubriendo los huecos con los pequeños. La gestión del tiempo por objetivos obedece a la misma regla: primero se deben acometer las tareas cruciales, y después, en lo huecos, lo menos importante.

Una vez definido el grado de importancia de cada tarea, veamos cómo les afecta el factor tiempo, que es la segunda dimensión del problema. De forma sencilla, si aplico dos niveles, tanto en importancia como en urgencia, puedo clasificar mis tareas en cuatro casillas: 1) importantes y urgentes; 2) importantes y sin urgencia; 3) urgentes sin importancia; 3) ni urgentes ni importantes.

La prisa nos suele llevar a dar prioridad a aquello que es urgente. Esta actitud supone dejar para más tarde los asuntos importantes que aún no son urgentes. El problema de este planteamiento es que entonces uno resuelve siempre los asuntos según el grado de urgencia, es decir, con prisa, lo que resulta muy estresante. Desgraciadamente el estrés no es una buena ayuda para encontrar soluciones innovadoras, ya que facilita los ciclos reactivos y las soluciones habituales, que muchas veces reproducen los problemas. Para enfrentarnos a un asunto importante, necesitamos tiempo, no prisa; necesitamos poder darle varias vueltas, consultar, ver opciones, valorar posibilidades, y ello es muy difícil hacerlo si se vuelve urgente.

Desde un punto de vista de reducción de estrés, lo que nos agobia no es el trabajo que estamos haciendo, sino el que queda por hacer, y cuanto más importante sea éste, mayor será el estrés. Por ello la gestión del tiempo es más efectiva y menos estresante cuando se consigue tratar los asuntos importantes antes de que se vuelvan urgentes, sacrificando los asuntos no importantes aunque sean urgentes. Piense que la urgencia no hace a un asunto más importante. Aprender a decir que no, sin sentirse mal, delegar o renunciar, son algunas formas de deshacerse de la tensión emocional de tener que afrontar un asunto no importante.

Personalmente creo que hay un gran potencial en simplificar la vida para encontrar ese tiempo que nos falta. A veces me pregunto si es necesario hacer tantas cosas como en ocasiones me planteo, desde aspectos aparentemente importantes relacionados con mi trabajo a otros más banales, como conseguir tal o cual capricho. Si estoy agobiado, los pongo en una lista y los evalúo uno a uno, generalmente dejando varios en el proceso y reorientando mi atención hacia los más importantes.

No tenga todos los momentos ocupados. Muchos de esos golpes de suerte con los que la vida nos sorprende aparecen en esos espacios que quedan vacíos en la agenda personal, o cuando uno se entretiene con algo fuera de lo previsto. A veces me pregunto si yo no estoy demasiado ocupado en planificar y dirigir mi vida, en vez de concentrarme en vivir la vida que va surgiendo momento a momento. Si cambiase mi orientación hacia el proceso y me ocupase en cómo vivo la vida, con conciencia, con apertura y con interés, lo que ocurra en ella tiene un segundo valor. La calidad de la vida está en la actitud, no en los resultados.

Fuente: Con rumbo propio. Responder a situaciones de crisis de A. Martín Asuero

 

Publicado el:18/01/2011admin

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