La fusión emocional es curativa

El período inmediatamente posterior al nacimiento es la etapa que más impresiona en la constitución del ser humano. Aquello con lo que se encuentra es lo que luego sentirá que es la naturaleza de la vida. Al abandonar la más completa hospitalidad que ofrece el útero materno, necesita llegar a un solo lugar: los brazos de su madre.

Mientras permanecen en el útero materno, los bebés oyen los latidos del corazón de su madre, su voz, las voces de otras personas y los ruidos del entorno. Oyen los ruidos del cuerpo materno digiriendo la comida, riendo, hablando, cantando, respirando, y se van adaptando, de un modo similar a como lo han hecho nuestros antepasados durante millones de años. En el momento de nacer, además del impacto que supone comenzar a respirar por los pulmones que se llenan de aire, el bebé pasa también de un ambiente húmedo a uno seco, experimenta un descenso de la temperatura en el entorno, y además los sonidos ya no están amortiguados. Para colmo sufre un cambio radical en su postura: ya no se encuentra cabeza abajo, sino que estará acostado o con la cabeza más alta que el resto de su cuerpo. Pero en buenas condiciones, el bebé puede soportar e integrar estas nuevas sensaciones con serenidad y placer.

Durante millones de años los bebés recién nacidos han mantenido un estrechísimo contacto corporal con sus madres. Y aunque en los últimos siglos a los bebés se los esté privando de esta invaluable experiencia, cada nuevo bebé que nace espera encontrarse en ese mismo lugar.

El niño amparado y fusionado sabe que obtendrá lo que necesita. Ésa es su experiencia cotidiana, que se repite a cada instante y que conforma una rutina sin sobresaltos. La seguridad interior se establece y posiblemente ya no se mueva nunca más de las entrañas de ese ser. Sentirse seguro, amado, tenido en cuenta, estable y con total confianza en sí mismo y en los demás… es obviamente el tesoro más preciado para el despliegue de su vida futura.

¿Cómo sanar si ha habido falta de fusión emocional? Sabiendo que nunca es tarde. Si un niño de tres años pide a su mamá que lo alce en brazos, es porque lo necesita. Si ya no es “adecuado” para su edad, no importa, en apariencia lo sigue necesitando, pues tal vez no lo obtuvo suficientemente cuando era aún más pequeño. A lo largo de toda la infancia, es decir, hasta los catorce o quince años, los niños son capaces de reclamar lo que precisan. Por lo general requieren presencia, caricias, cercanía con el cuerpo de sus padres, mirada, atención y dedicación. Eso es todo. Es muy simple.

Si un niño de ocho años llora porque no quiere quedarse solo en la escuela, es lo que le hace falta. Merece que alguien de su confianza lo acompañe. Tal vez no estuvo suficientemente acompañado en el pasado.

Nadie pide lo que no necesita. A medida que pasan los años, esas necesidades no satisfechas siguen operando con la misma intensidad que en sus comienzos. Pero los adultos estamos cada vez menos dispuestos a comprender los mensajes, sobre todo repitiendo la frase “Ya eres mayor”, o una de peor categoría: “Eso es una regresión”.

Sin embargo, cuando devenimos adultos, exploramos diversos caminos de sanación, y en todos ellos, la consigna es “regresar”. Todas las terapias y sistemas de búsqueda personal están basados en la capacidad de regresar a los lugares que han quedado vacíos de afecto y de cobijo. La experiencia de recordar las vidas pasadas, el propio nacimiento en esta vida y las vivencias de la primera infancia, más todas las técnicas de respiración y de meditación, las técnicas corporales de todo tipo, la astrología, las técnicas de adivinación y todas las estrategias intelectuales desde Freud hasta la fecha suman casi todo el abanico de modalidades al alcance de los adultos que desean comprenderse un poco más. Si utilizamos cualquiera de ellas, necesitamos regresar. Porque regresar es entrar una vez más en fusión emocional. La fusión emocional cura. La fusión emocional sana.

Laura Gutman. Mujeres visibles, madres invisibles

Publicado el:01/03/2010admin

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