La crianza de los hijos como práctica meditativa

Empecé a meditar cuando tenía poco más de 20 años. Por aquel entonces, tenía una cierta flexibilidad en términos de tiempo y podía asistir periódicamente a retiros de meditación de diez días o de dos semanas de duración. Esos retiros estaban concebidos para que los participantes pudieran dedicar gran parte del día a estar sentados y a andar con atención plena, contando con el apoyo de excelentes maestros de meditación, que al final de la tarde solían darnos inspiradoras charlas para ayudarnos a ampliar nuestra práctica y profundizar en ella.

Me encantaban esos retiros, porque me permitían dejar todos los demás aspectos de mi vida en suspenso por unos días, ir a algún lugar agradable y tranquilo en la naturaleza, dejar que me cuidaran y vivir una vida contemplativa extremadamente simplificada, en la que la única tarea real era practicar, practicar y practicar.

Tampoco es que fuera fácil. Solía experimentar mucho dolor físico debido al hecho de estar sentado y quieto durante tantas horas, y eso no era nada comparado con el dolor emocional que en ocasiones emergía a la superficie, a medida que la mente y el cuerpo se iban aquietando y estaban menos agitados.

Cuando mi mujer y yo decidimos tener hijos, sabía que tendría que dejar de ir a los retiros, por lo menos durante un tiempo. Me dije a mí mismo que siempre podría volver a la vida contemplativa cuando mis hijos hubieran crecido lo suficiente como para no necesitar tenerme cerca todo el tiempo. Había un cierto romanticismo en la fantasía de regresar a la vida monástica como un hombre de avanzada edad. La perspectiva de dejar esos retiros, o por lo menos recordarlos en gran medida, no me preocupaba demasiado porque, aunque los valoraba mucho, decidí que podía afrontar la paternidad como si de un auténtico retiro de meditación se tratase. De hecho, la paternidad tenía las principales características de los retiros a los que dejaría de asistir, a excepción del silencio y la simplicidad.

Así es como lo veía: podría considerar a cada uno de mis hijos como a un pequeño maestro. Su presencia y acciones, sin duda, iban a hacer aflorar mis puntos débiles y a hacerme cuestionar toda creencia y límite personal, con lo cual tendría infinitas oportunidades para ver a qué estaba apegado y soltar. El retiro iba a ser muy intenso por lo que se refiere a horarios e iba a requerir continuos actos desinteresados. Mi vida, que hasta entonces había consistido básicamente en ocuparme de mis necesidades y deseos personales, iba a cambiar profundamente.

Los bebés requieren una atención constante. Sus necesidades deben ser satisfechas siguiendo un horario, no los nuestros, y todos los días, no solo cuando nos apetece. Y lo que es más importante: los bebés y los niños necesitan que estemos plenamente presentes como seres para poder desarrollarse y crecer. Necesitan que los abracemos –cuanto más mejor-, que andemos con ellos, que les cantemos canciones, que los acunemos en nuestros brazos, que juguemos con ellos, que los reconfortemos y que los alimentemos, a veces bien entrada la noche o de madrugada, cuando estamos agotados, sin fuerzas y lo único que deseamos es dormir, o cuando tenemos obligaciones apremiantes y responsabilidades de otro tipo. Los hijos, con sus necesidades profundas y en constante cambio, nos brindan oportunidades perfectas para estar plenamente presentes en lugar de funcionar en el modo de piloto automático, para relacionarnos conscientemente en lugar de mecánicamente, para sentir el ser que hay en cada uno de nuestros hijos y para permitir que éstos expresen su propia energía, vitalidad y pureza y despierten estas cualidades en nosotros.

Al igual que en cualquier retiro, ha habido períodos fáciles y períodos difíciles, momentos maravillosos y momentos profundamente dolorosos. A lo largo de todo el proceso, el hecho de considerarlo como un retiro de meditación y de reconocer a mis hijos y la situación familiar como mis maestros ha demostrado sus excelentes virtudes y su valor una y otra vez.

Como padres, tenemos que prestar atención plena y estar presentes continuamente para asegurarnos de que no nos hemos quedado con una visión de las cosas que ya no sirve. Y, evidentemente, no hay respuestas estándar ni fórmulas sencillas acerca de cómo hacer las cosas “bien”. Esto significa que, en nuestro papel de padres, inevitablemente nos encontramos en situaciones creativas y complejas prácticamente todo el tiempo, y que, de manera simultánea, nos enfrentamos a un sinfín de tareas repetitivas que debemos hacer una y otra vez.

Y a medida que los hijos van creciendo y desarrollando sus propias ideas y una fuerte personalidad, la tarea constituye un reto todavía mayor. Una cosa es satisfacer las necesidades de un bebé, que es muy simple, después de todo, especialmente antes de poder hablar, que es cuando son más monos y adorables. Pero otra muy distinta es poder ver las cosas con claridad y responder con eficacia y con un mínimo de sabiduría y equilibrio (después de todo, nosotros somos los adultos) cuando tiene lugar un continuo choque de personalidades con niños de mayor edad, que no siempre son tan monos y encantadores y que pueden superarte con creces con sus razonamientos, rebelarse, negarse a escuchar o meterse en situaciones sociales en las que necesitan de nuestra orientación y claridad, a las que pueden no estar abiertos. La lista de situaciones en las que nuestra ecuanimidad y claridad se ponen a prueba y en que nos encontramos perdiéndolas es interminable. Los niños lo ven todo: nuestras debilidades, nuestras idiosincrasias, todas nuestras imperfecciones, nuestros puntos flacos, nuestras incoherencias y nuestros errores.

Todas estas tribulaciones no constituyen impedimentos ni para criar a los hijos ni para la práctica de la atención plena. Son la práctica, siempre y cuando podamos acordarnos de verlo de ese modo.

 

Extractos de “Mindfulness en la vida cotidiana” de Jon Kabat-Zinn

 

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