Un niño no puede perder el respeto ni a los padres ni a los maestros

Miguel Clemente (Madrid, 1960) es un influyente especialista en el llamado síndrome del emperador. Hoy imparte una conferencia en el Master de Psicologia Jurídica de la Universitat Autònoma de Barcelona sobre menores infractores.

–¿Síndrome del emperador?

–Suelen padecerlo los niños con exceso de mimo y dedicación desmedida. Aquellos a los que no se les exige ningún esfuerzo se convierten en tiranos. El nombre proviene de la política china de tener un solo hijo. Cuando crecían no querían estudiar, ni entrar en el mercado laboral, ni asumir la más mínima responsabilidad.

–¿Cómo se comportan?

–Su conducta es problemática, de total oposición a sus padres, a los que agreden psicológica e incluso físicamente. Son muy egoístas, no poseen capacidad de empatía y presentan una baja tolerancia a la frustración. Solo luchan para su propio provecho. Es la generación del mí. Se aislan radicalmente, no aceptan ser adultos. En Japón se denominó el fenómeno otaku, que consiste en el ensimismamiento en un mundo infantil. Es el no querer crecer, lo que llamamos la patología de Peter Pan.

–¿Cómo influyen los medios de comunicación en los adolescentes?

–El valor que predomina en las series, en los dibujos, en los videojuegos y en las películas es el consumo.

¿Qué alarmas despierta la conducta del síndrome del emperador?

–En España, nos estamos acercando a 100.000 denuncias de padres que han sido atendidos en centros médicos de urgencias por maltratos de hijos entre 14 y 18 años. Eso es la punta del iceberg. La cifra es mayor de que la llega a las fiscalías. Muchos no denuncian, acuden a pedir ayuda a los servicios sociales.

¿Cómo se llega a este extremo?

–El niño no puede perder el respeto ni a los padres ni a los maestros. Los dejan poquito a poco hacer lo que quieren. Se empieza por la hora de acostarse, sigue con lo qué comen, con que no les obligan a esforzarse en los estudios y terminan agrediendo a las figuras más débiles que tienen a su alrededor. Las madres y los abuelos son sus primeras víctimas.

¿Dónde se pierden los padres?

–Hemos creado una sociedad en la que no se valora el esfuerzo. Si algo cuesta es un problema de quién enseña y no de quién aprende. Se da más importancia al ocio y a la diversión que no al afrontar responsabilidades sociales.

 

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