El olvido como mecanismo de supervivencia

Si durante la infancia, las personas muy cercanas afectivamente, como nuestra madre o nuestro padre, han sido al mismo tiempo protectores y depredadores de nuestro ser interior, nos han alimentado, pero también han violentado nuestras emociones, se produce un fenómeno: la conciencia se divide.

Que la conciencia se divida significa que al no poder aceptar, al mismo tiempo, ser amado y ser rechazado por la madre, el mecanismo de la conciencia opera así: recuerda las escenas donde recibe el amor de la madre, y olvida sus rechazos y desprecios, es decir, los relega a la sombra. Este dispositivo de la conciencia es sumamente útil, ya que siendo niños es muy complicado generar recursos para confrontar con el dolor y el aislamiento. Podemos decir que esta división de la conciencia “nos salva”, porque sólo admite lo que “nos hace bien”.

Ahora bien, una vez nos convertimos en adultos, la conciencia sigue “en automático” con el mismo mecanismo: una parte admite y otra parte rechaza. La confrontación entre lo que admitimos y lo que olvidamos puede surgir en medio de ciertas crisis vitales.

Cualquier crisis es el momento oportuno para comenzar el trabajo de indagación personal, pero con la dificultad adicional de no poder contar en principio con nuestros recuerdos. Porque la conciencia los olvidó. Todo lo que recordamos es bello y placentero y no comprendemos por qué nuestro terapeuta o guía insiste en hacernos preguntas con dobles intenciones.

Hay información muy valiosa que nuestra conciencia rechazó, cuando éramos niños, para salvarnos. Cuando nos hacemos adultos, por un simple mecanismo automático, dicho sistema se perpetúa. En tal caso, la reconstrucción paulatina de la trama oculta de nuestra vida, especialmente de nuestra infancia, es compleja. Muchas personas no conservamos recuerdo alguno, ni hermoso ni feo. Otras no recordamos nada anterior a la adolescencia.

En estos casos se requiere un trabajo minucioso, como si nos convirtiéramos en detectives de nosotros mismos. Cada pista nos puede conducir a otra. Esto es posible sólo con ayuda externa. Si continuamos con la “investigación”, la “memoria” del individuo se va activando. Se entrena como un músculo. Y poco a poco organizamos una historia fiable, completa, y generalmente encontramos un hilo lógico. También es indispensable agregar nombres a las vivencias, justamente porque el desamparo, la soledad, el miedo, el desconocimiento o la distancia afectiva no han sido nombrados por nadie durante nuestra infancia, por lo tanto, “eso” que sentíamos no pudo acomodarse en ningún estante de nuestra organización psíquica.

Este trabajo profesional requiere antes que nada orden, como en toda buena investigación, y disponibilidad para prodigar amor durante la travesía. A grandes rasgos, podemos afirmar que las personas muy “olvidadizas”, con poca memoria o distraídas… tenemos en común una historia de violencia emocional en la infancia, aunque no lo admitamos. ¿Cómo lo sabemos? Porque la conciencia adoptó una dinámica de salvación: apenas sucede algo, por las dudas, lo olvida, para no correr el riesgo de sufrir.

La conciencia es una herramienta muy poderosa. La conciencia sabe cuándo es el momento adecuado para abrirles la puerta a nuestros propios dragones. Y si aún no está lista, pues bien, esperaremos alguna señal. El trabajo terapéutico o de acompañamiento emocional tiene sentido sólo en la medida en que la persona que consulta se siente suficientemente resguardada para investigar entre los recuerdos que aparecen, los sentimientos confusos y los dolores innombrables, de la mano del profesional que guía con preguntas sencillas y pertinentes. El profesional sabe que es preciso abordar esa “otra parte” de la experiencia individual que se esconde temerosa, abrazada a los olvidos.

Laura Gutman

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