Cuando el niño se vuelve un obstáculo para la relación de pareja

 

En la vida familiar, cada protagonista no sólo debe tener su lugar, sino también su papel. El cariño que liga a los padres es diferente del que ellos manifiestan al hijo.

La tan deseada llegada del niño constituye un momento sin duda de gran alegría, pero además de “reasentamiento” de la vida afectiva familiar. El niño proporciona una nueva perspectiva a la pareja, la enriquece: el amor toma cuerpo en una criatura y adquiere visibilidad en otro ser. El papá y la mamá deben dar un salto cualitativo en su vinculación, que normalmente es espontáneo justo porque la llegada del niño genera energías insospechadas. Supone también la manifestación de una continuidad generacional, que confiere ulteriores razones a la relación conyugal.

El riesgo correlativo a la llegada del niño consiste en que su presencia desvíe todas las atenciones hacia él. Si bien esto resulta comprensible en las primeras fases de su existencia, conviene recalcar que el hijo no puede convertirse en el único destinatario de las atenciones de la pareja. Y para lograrlo es preciso que la presencia del niño no represente un “muro”.

Las mamás tienden a estar más expuestas a este peligro, porque el instinto maternal las empuja de modo espontáneo a dedicarse por entero a su hijo. El amor al niño no debe incidir negativamente en el cariño a la pareja, sino que incluso ha de representar un generador de energía. Sólo mediante un trato amoroso constante los cónyuges podrán crear el clima necesario para el crecimiento emotivo del niño.

En este sentido, resultan sumamente negativas las presiones, quizás pronunciadas delante del niño, del tipo: “Si no fuese por él, ya me habría ido”, o “Para mí sólo cuenta el niño, tú ya no me dices nada”.

G. Astrei, A. Astrei y P. Diano

 

Publicado el:26/07/2010admin

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