Consecuencias de la rigidez y la arbitrariedad

Nacer y criarse en ambientes donde la represión, la moral, el autoritarismo y el dogma religioso son los principios básicos que regulan las relaciones humanas, nos dejan sumidos en la más absoluta soledad. Porque la realidad cotidiana es tan dura y está tan cargada de obligaciones e ideales, que en nuestra posición de niños o de jóvenes no logramos jamás alcanzar la meta impuesta.

Creemos que “deberíamos” sentir o vivir de una determinada manera, y sin embargo ese “debería” se parece muy poco a nosotros mismos. Intentamos responder a las expectativas familiares o sociales, pero por nuestras venas corren vivencias de exclusión, de miedo, de exigencias o de control, que van mitigando la débil conexión con el hilo invisible de nuestro ser esencial, hasta olvidar para siempre quiénes somos.

Este mecanismo de responder a mandatos familiares, sociales o religiosos nos obliga a encontrar amparo y amor en un solo lugar: la fantasía.

Imaginar quiénes son los otros, cómo es la vida, cómo deberían actuar los demás con relación a nosotros o cuánto podemos cambiar a los demás, funciona sólo en nuestra imaginación. Que probablemente sea el único lugar donde ejercemos la libertad. Por suerte al menos nuestra fantasía es libre. Inmersos en nuestros sueños podemos desear, pretender, pedir, exigir, actuar, casarnos con el Príncipe Azul, andar en carrozas, viajar a la Luna o bailar con los duendes. En la fantasía no hay dolor, no hay metas inalcanzables ni deseos reprimidos. Allí el aire huele a rosas y jazmines.

El único problema aparece cuando la realidad y la fantasía se encuentran en la calle por casualidad. La realidad nos señala que hemos olvidado quiénes somos y nos muestra que lo demás están tan atrapados en la represión y la moral como nosotros, y tan necesitados de amor y comprensión como nosotros. La realidad nos muestra a nuestro Príncipe Azul sin su traje plateado, pero al mismo tiempo nos despoja a nosotras –las supuestas hadas del bosque- de nuestro traje dorado. La realidad nos encuentra desnudos con nuestros pobres corazones de villanos. Cada uno amparándose en lo que imaginó del otro pero viendo en el otro su triste verdad. Entonces la fantasía se desmorona, y nuestro hogar en vez de seguir siendo nuestro supuesto castillo de cristal, se convierte en una prisión.

Si pudiéramos comprender cuánto nos parecemos a esas personas que nos han hecho daño y que provienen del mismo circuito de autoritarismo e inflexibilidad, y si pudiéramos reconocer cuánto hemos contribuido a que las cosas sucedieran de tal y cual manera –ciegos y sordos ante cualquier evidencia que desmienta nuestras ilusiones-,  tal vez podríamos mirar el pasado con menos odio y mayor ternura hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Laura Gutman

 

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