La soledad es una de las experiencias subjetivas más demoledoras que existen. Sentirse aislado o desconectado de los otros genera un gran sufrimiento.

A menudo escuchamos que la soledad es la enfermedad o mal de nuestro tiempo. En gran medida es así debido a que la sociedad occidental es esencialmente individualista, y esta manera de estar en el mundo, que fomenta el éxito individual y la competitividad, deja de lado aspectos humanos tan fundamentales como la escucha atenta, la paciencia, la solidaridad, la tolerancia, la empatía, el reconocimiento o la compasión. En este tipo de sociedad, abundan las relaciones condicionadas a uno mismo, al interés individual. Una actitud más colectivista, que antepone el bienestar del grupo al del individuo, favorece la cohesión y la afectividad entre sus miembros. El individualista margina a los otros y se margina a sí mismo olvidando que el ser humano es por naturaleza un ser social; necesita cubrir su sentido de afiliación o de pertenencia al grupo.

Podemos temer la posibilidad de no tener a nadie con quien compartir la vida, pero objetivamente esto es imposible. Gran parte de nuestros miedos están relacionados con nuestras creencias. Las personas que se sienten solas a menudo piensan que no son lo suficientemente valiosas, que son diferentes a los demás o que tienen que ser todo el tiempo “especiales” o perfectas para ser aceptadas. Pueden estar rigiéndose por términos de “todo o nada” (“Si no soy perfecto/a, no merezco que me quieran”), por exigencias absolutistas (“Tiene que quererme, si no, mi vida no tiene sentido”) o por el catastrofismo (“Es horrible e insoportable que no me quiera”).

A veces, también, podemos estar evitando hacer preguntas, tener iniciativa o hablar delante en un grupo por temor a hacer el ridículo, decir algo inapropiado o parecer poco interesante. De esta forma, estaríamos siendo demasiado exigentes con nosotros/a mismos/as, al no permitirnos cometer errores y limitando la expresión de nuestros pensamientos y sentimientos, algo esencial a compartir con las personas que nos importan. A su vez, podríamos estar dirigiendo la misma exigencia rígida y perfeccionista hacia personas de nuestro entorno, lo que sería poco realista (nadie es perfecto) y pondría trabas para mantener relaciones satisfactorias a lo largo del tiempo. Por ello, si nos sentimos solos, conviene revisar nuestras expectativas y creencias hacia nosotros mismos y hacia los demás, e intentar ajustarlas a la realidad.

¿Qué pasaría si nos mostráramos tal como somos?

Sin duda, sería lo más útil para dar con gente verdaderamente afín a nosotros/as, aunque sea muy poca. Tal vez nos lleve más tiempo, pero si nos movemos por los círculos o ambientes adecuados, de modo natural dejaremos de estar solos. Como sostiene Ken Robinson en su libro El Elemento, “tu tribu sabrá ver en tus fallos la semilla de tus éxitos”.

Pero no todo en la soledad es negativo. Hay personas a las que les gusta estar sin compañía buena parte del tiempo y no por ello se sienten aisladas o solas. Son personas que tienen una gran conexión consigo mismas. A solas nos encontramos con nosotros mismos, y esto tiene ventajas más que inconvenientes si dejamos a un lado el miedo a mirar al interior propio. Practicar la introspección –observar nuestros pensamientos, sentimientos, acciones…- nos conduce a un mayor conocimiento de nosotros/as mismos/as.

Distanciarnos de los otros, en ocasiones, es necesario para tomar perspectiva, revisar pensamientos y creencias, aclararnos, soltar lastre, tomar decisiones, alejarnos de personas con las que no nos sentimos bien, forjar ideas, programar proyectos… La conexión con nosotros/as mismos/as es tan importante, o más, que estar conectados con los demás. “No hay amor suficiente capaz de llenar el vacío de una persona que no se ama a sí misma”, como reza la cita de Irene Orce.

Carmen López Gonzálvez 

 

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