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Este término, que tan de moda está, ha recibido multitud de definiciones, ha sido analizado por todos los lados y ha sido objeto de numerosas teorías psicológicas y hasta espirituales. Nuestra teoría está basada en nuestra experiencia terapéutica, que es quizás una mezcla de varias. En primer lugar, basándonos en Ellis y tantos otros, tenemos claro que nadie es intrínsicamente malo. Los términos de “maldad”, “egoísmo”, “perversidad” se pueden aplicar a los actos que cometa una persona, no a su ser.
Cuando nacemos y a medida que nos vamos desarrollando, todos perseguimos una misma y única cosa: sentirnos bien con nosotros mismos. Normalmente, el niño busca obtener esta autoestima a base de sentir que es “alguien” para los demás. Ese “ser alguien” puede concretizarse en “sentirse querido” (la mayoría de las veces), “sentirse valorado” o “llamar la atención”. Esta búsqueda es tan importante que ocupa la mayor parte de los esfuerzos del niño, sobre todo en su primera infancia. Si el niño logra sentirse querido, valorado, digno de llamar la atención, irá interiorizando poco a poco la convicción de que “vale como persona”.
Un adulto sano será el que haya logrado introyectar completamente esta convicción, de tal forma que no necesite que nadie se la confirme constantemente y ésta no se tambalee ante los avatares de la vida. Este adulto tendrá, pues, una sana autoestima.
Podríamos definir, así, la autoestima como:
El conjunto de sentimientos, pensamientos y conductas que hacen que una persona se considere digna de ser valorada y querida por sí misma, sin necesidad de depender del exterior para ello.
Por desgracia, hay numerosas personas que no se sienten identificadas del todo con esta definición. Estas personas, normalmente, dependen de algo o alguien para sentirse bien consigo mismas. Concretamente, pueden apoyar su autoestima en dos factores: - dependencia de los demás. La opinión que éstos tengan sobre la persona es la que le indicará si se puede sentir válida o no;
- necesidad de presentar “méritos” para que los demás –y uno mismo- sientan que la persona vale. Estos “méritos” pueden referirse a ser muy buen amigo, jefe, padre o hijo; ser muy trabajador, avispado, rápido, inteligente; ser muy altruista, etc. La persona siente que, si no presenta estos méritos, no vale por sí misma.
Se podría decir que las personas que tienen estos tipos de autoestima, o se han quedado en la etapa infantil de dependencia de alguien más fuerte que le hiciera sentirse válidos o han recibido numerosos mensajes de que “sólo valían si…”.
Olga Castanyer y Estela Ortega Ver también: |